Mi sistema real de organización
Cómo pasé de vivir en piloto automático a un sistema personal con menos ruido mental y más felicidad.
Estaba perdido. Y llamarlo de otra forma sería minimizar el caos mental que tenía. Ni tenía las cosas claras, ni un objetivo fijo, así que parecía un perro persiguiendo la cola todo el rato, en círculos y con mil rodeos para llegar a algo. Siempre había algo nuevo o empezado, una idea que me llamaba la atención y me iba tras ella. O una nueva rutina que esta sí que iba a ser la que me ayudara a conseguir algo.
Iba en piloto automático absoluto, así que pasé bastante tiempo persiguiendo cosas vagas, con un avance casi nulo y con una sensación de no construir nunca nada importante. Había más ruido que foco, y más energía gastada que aprovechada de verdad (por horas que le metía no sería jajaja). Y como además me gusta todo, me interesa casi cualquier cosa y siempre le veo el sentido a lo que apasiona a otra gente, acababa con demasiados frentes abiertos y muy poca claridad sobre cuáles eran de verdad los importantes para mí. Y esto para todo, tanto en programación con nuevas tecnologías, frameworks y lenguajes, como en mi tiempo libre: pintura, edición de vídeo, carpintería, restauración, circuitos eléctricos, mecánica, fotografía...
No estaba nunca quieto, siempre cansado, y desde luego nada orientado. Hacía cosas, sí, pero muchas veces con esa sensación de no aterrizar nada concreto y no ir hacia el sitio adecuado. Me estaba convirtiendo en un maestro del skillstacking, pero sin objetivos concretos.
Y con el tiempo me di cuenta de que no me faltaban proyectos, ni ideas, ni más trabajo, ni estudio (que bueno, esto siempre hace falta, es una forma de hablar). Lo que me hacía falta era ser mucho más honesto conmigo y también algo que me contuviera: una estructura que me ayudara a elegir, a aterrizar y a no dejarme arrastrar por mi mente caótica. No un dashboard perfecto, ni una app que me haga todo, ni rutinas encorsetadas que parecen la mili, sino algo más orgánico y real: un sistema para vivir y trabajar con claridad, sin convertirme en un funcionario aburrido de mi propia vida. Porque esto lo he visto bastantes veces, y alguna que otra lo he vivido: te montas una organización muy bonita y acabas currando para ella, no con ella.

Las 3 personalidades
Lo primero y más difícil (al menos para mí): sentarme a pensar qué quiero ser de verdad y cómo quiero verme, qué partes de mí quiero construir. Ni me salió a la primera, ni fue agradable. Entre autosabotaje, ruido mental, ruido externo y pila de años haciendo el idiota conmigo mismo, llegar a eso cuesta más de lo que me habría gustado.
Destilando mucho el asunto, llegué a tres formas de orientarme: tres personalidades. A día de hoy son el centro de todo lo demás, y no lo digo como teoría guapa para explicarme mejor, sino porque de verdad sin ellas muchos días andaría perdido y mezclándolo todo de nuevo.
La primera es la de Arquitecto de productos. No tiene solo que ver con programar, ni con diseñar, ni solo con sacar curro adelante. Tiene que ver con pensar productos, construir cosas que sirvan y dar forma a ideas con sentido. Ahí entra el developer, claro, pero también la parte de concepción, de diseño, de escuchar necesidades y de encontrar una solución coherente. No me interesa solo ejecutar algo, me interesa entender el conjunto y levantar algo con estructura, utilidad y cariño detrás.
La segunda es la de Deportista. Esta hace años ni se me pasaría por la cabeza, con un físico deficiente, con el maltrato que le daba al cuerpo y con una salud más que suspensa. El deporte lo veía lejísimos. Me daba pereza, me parecía que era para otro tipo de gente y durante mucho tiempo lo llegué a ver como una pérdida de tiempo para mí. Luego empecé por salud, descubrí el pádel y ahí pasó algo importante: empecé a notar que mejoraba, que mi cuerpo respondía, que cosas que yo daba por imposibles igual no lo eran tanto. Y ahí, pimba, se me abrió la cabeza y se me abrió un mundo nuevo: volví a patinar, a nadar, salí muchísimo más de senderismo (sí, a caminar y comerme bocatas como camiones jajaja) y quiero empezar con el surf en verano. Ya no lo veo como algo ajeno a mí, sino como una parte importante de cómo quiero vivir.
Y la tercera, Disciplinado. Esta quizá suene más simple, pero es la más importante. Porque por mucho que tengas ideas, valores o ganas de construir una vida mejor, si no lo haces, y además cuando toca, todo lo demás es humo. Hay muchas cosas que no apetecen. El cerebro es muy cuco y va a intentar esquivar esfuerzos, montarte excusas convincentes y disfrazar de cansancio lo que en realidad es resistencia pura y dura. Así que esta personalidad está para eso: para ejecutar, para sostener y para no rendirse a la primera curva. No tiene nada de épica, pero sin ella nada funciona.
Estas tres forman mi bloque de personalidad principal, mis tres yoes: ADD, Arquitecto, Deportista, Disciplinado. Me gusta porque suman en vez de restar. No están pensadas para castigarme ni meterme en una cárcel mental, sino para recordar qué partes de mí quiero desarrollar y poner al mando. Y aquí es donde realmente empieza mi sistema. Sin esto primero, lo demás sería otra capa bonita por encima de la misma mierda.
Mis herramientas para la guerra
Una vez tuve eso más claro, lo siguiente fue dejar de buscar una herramienta que lo hiciera todo. Ese fue uno de los errores que más repetí: querer meter pensamiento, tiempo, tareas, memoria y revisión en la misma caja, como si por tenerlo todo junto fuese a estar todo más claro. Y no. Acababa todo muy ordenado y a simple vista muy bonito, pero por detrás seguía teniendo la cabeza hecha una mierda y, peor aún, me costaba muchísimo mantenerlo en el tiempo.
La libreta es mi primera herramienta y la más simple. Ahí nada más levantarme aterrizo el día. En papel yo aterrizo mejor lo que pienso, voy más despacio y noto antes cuándo la idea tiene sentido y cuándo solo estoy rebotando cosas.
Todos los días me marco un mínimo de cada una de mis tres personalidades. Algo pequeño, incluso ridículo si hace falta, pero que pueda cumplir hasta en un día malo. Eso me sirve para no romper el hilo y para no caer en esa trampa de pensar que si el día no sale perfecto ya no cuenta nada, porque aunque solo haga un poco ya estoy avanzando. Estos mínimos no los anoto, son cosas fijas que me valen como progreso.
- Arquitecto: escribir una nota, idear un componente, comentar algo de código, organizar unos archivos...
- Deportista: salir a dar unos pasos, hacer unas sentadillas, unas flexiones...
- Disciplinado: hacer las otras dos personalidades, escribir el volcado del día...
Pero además de esos mínimos, también me marco objetivos por personalidad. No tareas sueltas, sino el objetivo importante del día en cada frente. Los mínimos están para no romper el hilo. Los objetivos, en cambio, están para darle dirección al día.
Luego entra Google Tasks, primero, y después Google Calendar. En Tasks van las tareas concretas del día: enviar un paquete, hablar con alguien, hacer un recado, limpiar algo... Cosas que tengo que hacer, pero que puedo ejecutar en cualquier momento o hueco del día. Después entra Google Calendar. Ahí va lo inamovible, lo que tiene que vivir en un bloque de tiempo concreto: mi horario de trabajo, los horarios del gimnasio, partidos de pádel, citas con médicos, reuniones... Separar esto me ayuda una barbaridad: primero destilo lo que tengo que hacer en tareas, luego miro el día en el calendario y veo si me falta encajar algo.
A la noche, antes de cenar, entra en juego Obsidian y mi Second Brain. Aquí hago el cierre del día, un volcado en crudo de todo lo que hice, con mis palabras, para ver con más claridad mis victorias, mis fallos, qué se repite y qué queda pendiente. No lo uso como agenda ni como lista de tareas. Lo uso como memoria y mapa, como el sitio donde las cosas no solo se guardan, sino que empiezan a conectar entre sí. De esto podría hablar bastante más, pero da para otro artículo entero.
Y por último, justo antes de dormir (o antes de ponerme a leer), vuelvo a mi libreta. Ahí compruebo los objetivos que me puse por la mañana y vuelco en papel las tareas y las cosas que quiero hacer al día siguiente, justo para no acostarme con todo eso rondando por la cabeza y para levantarme con más claridad. Si no hago eso, me acuesto con el día siguiente ya subido encima.
Lo importante no es organizarlo todo, sino vivir con menos ruido
Y digo esto porque poco a poco me he vuelto un maniático de la organización, y me tengo que frenar a mí mismo para volver al camino. Por eso he ido construyendo todo esto, no solo para ser más productivo ni para sentir que ahora soy una versión ultra optimizada de mí mismo. Lo he montado para vivir con menos ruido, más claridad y menos fricción entre lo que quiero ser y lo que hago cada día. Porque si organizarme mejor solo sirviera para llenarme más el día, sinceramente, vaya mojón.
También tengo muy claro que cuanto más intento digitalizar todo y estar más conectado, peor pienso. Cuanto más mezclo descanso, captura, trabajo y revisión en el mismo cacharro y casi en el mismo gesto, peor desconecto. Por eso creo que la desconexión no va aparte del sistema, va en sus venas. El papel me ayuda a pensar y a tener foco de verdad. El cierre me ayuda a soltar lastres. La separación entre herramientas me ayuda a no tener metida la cabeza todo el día en el mismo culo digital.

No digo que haya encontrado un sistema perfecto, ni creo demasiado en esa idea. Pero lo que sí siento es que por fin tengo algo que se adapta a mí de verdad. Uno donde mis tres personalidades principales no compiten tanto entre sí, donde cada herramienta cumple una función concreta y donde organizarme no se parece tanto a construirme una cárcel bonita, sino a algo que no me da pereza y quiero hacer.
Por sí solo no me ha arreglado la vida, pero desde luego me ha quitado muchísimo ruido y me ha hecho disfrutarla mucho más. No sé si me llevará exactamente a donde quiero llegar ni cuánto tardaré, pero ahora voy con bastante más claridad y bastante menos ruido. Y eso ya me cambia mucho la película.