Mi armario ahora cabe en una mochila. Y fue la mejor decisión que no planifiqué.

A ver, siempre le estuve dando vueltas a que odio la fast fashion, tener mil cosas y la compra compulsiva. A nivel humano y a nivel ecológico. Pero también siempre me gustó mucho expresarme a través de la ropa y vestir bien. Y vestir bien no significa comprar lo más caro ni ir a la moda. Significa tener una personalidad vistiendo, cierta coherencia, un estilo propio, personalizar la ropa...

Y eso me llevó a buscar muchas prendas raras, cosas que iba encontrando y, en definitiva, a acumular. Porque lo que se me iba rompiendo muchas veces lo personalizaba y lo usaba más, pero también iba descubriendo cosas nuevas y dándome caprichos. Y eso acabó en tener un montón de ropa. Muchísima más de la que necesito, o de la que necesita cualquiera.

La mudanza que me obligó a decidir

Ese sentimiento de tener más de lo que necesito y seguir comprando siempre me daba culpa, pero nunca terminaba de tomar la decisión. Hasta que hace unas semanas tuve una mudanza. Joder, ahí el sentimiento se volvió gigante.

Ver todo lo que tenía que mover de un lado a otro, verlo todo tirado por ahí, no saber dónde meterlo, el estrés de ver durante días todo ciscado por casa... me hizo darme cuenta de que no podía seguir así, yendo en contra de mis valores por culpa de mi mente caótica y de que me gusta todo. Y mucho menos podía aceptar que algo material me causara ese nivel de estrés y malestar. Eso ya es lo último.

Decidí quedarme con lo básico, donar el resto y guardar en el trastero algunas cosas de temporada. Tampoco mucho, no más de dos prendas. Porque no pinta nada una chaqueta de invierno gorda en verano, y cuando llegue el invierno no pinta nada un chaleco vaquero. Para donar, como sé que me cuesta desprenderme de mucha ropa por ese cariño un poco estúpido que tenemos los humanos a las cosas, me puse una regla de tres meses: si en tres meses no se me ocurre subir al trastero a por ella, la dono sin miramientos. Y cuando me puse a elegir, me di cuenta de que en realidad ya tenía bastante claro qué se quedaba.

Mochila como armario

Qué se queda en mi mochila

10 camisetas básicas: negras, blancas y amarillas. Todas lisas o con poco detalle. Y no es por minimalismo, ni porque no me gusten las camisetas con diseños guapos. Es que estoy bastante tatuado y mezclar una camiseta con estampado o dibujitos acaba pareciéndome un batiburrillo de patrones que me chirría al ojo. Los tatuajes ya son una parte importante del vestuario sin ocupar espacio, y la ropa al final es el fondo.

10 gallumbos. Aquí me gusta tenerlos bóxer sueltos, con fantasía y patrones raros. 10 calcetines: casi todos blancos de deporte, alguno bien hortera y especial. Son pequeños detalles que no se suelen ver, pero cuando se ven (que siempre se me acaban viendo jajaja) me gusta que destaquen y sean bonitos. Eso es lo básico para hacer la colada una vez a la semana. Me quedaría con menos, pero haciendo deporte, según el día y la hora, puede que necesite dos mudas.

3 pantalones de chándal, 3 pantalones para vestir, 5 sudaderas. Todas con capucha: 2 con cremallera y 3 normales. Cada prenda seleccionada con mimo, cada pieza con su personalidad, con su historia y con su motivo para estar ahí.

Con el calzado me quedé con tres pares: las zapatillas del gimnasio, que también son las del día a día; unas Nike blancas y amarillas a las que les tengo un cariño que no sé muy bien explicar, pero que encajan perfectamente con mis colores base (negro, amarillo y blanco), que combinan con absolutamente todo y no es casualidad; y unas Dr. Martens clásicas para cuando toca algo más.

Con las chaquetas el criterio fue el mismo: una bomber negra, una de cuero personalizada, un chaleco y una chaqueta vaquera negros con parches, una vaquera clara con los rotos cosidos con tela amarilla de fondo (porque un roto no tiene por qué ser el final de una prenda) y un abrigo largo negro para el frío de verdad. Frío o calor, sin entretiempo, sin chaquetas “de por si acaso”. Si tengo frío me pongo una sudadera debajo; si tengo calor, me la quito.

Comprar menos, cuidar más

Estas prendas intento que no sean compradas en cualquier sitio. Me gusta apoyar a negocios locales y pillar prendas más únicas. Y, por qué no decirlo, muchas veces también mejores. Pero como todos, aún me queda alguna de estas tiendas que todos conocemos, y poco a poco espero ir cambiándolas.

Y poco a poco, las que no lo estén ya, las iré personalizando. O haciéndoles apaños para que tengan una vida más larga y no cambiarlas a la mínima. Una mancha puede convertirse en un parche nuevo, un roto en una costura nueva.

El nuevo estándar

A ver, la mochila sigue siendo grande, me acabo de dar cuenta al repasar jajaja, pero espero que con el tiempo necesite una aún más pequeña. De momento estoy muy contento con la decisión y con el nuevo estándar: si no cabe en mi mochila, es que sobra. Y si quiero algo nuevo, sé que tengo que quitar otra cosa y donarla, no esconderla donde no la vea jajaja.

Porque acumular es lo fácil. Es lo que hace todo el mundo por defecto, sin pensarlo. Elegir lo que te define y soltar el resto requiere ser un poco más honesto contigo mismo de lo que nos gusta admitir.

Al final es como cuando trabajas en un proyecto y te das cuenta de que tienes demasiado ruido. A veces toca borrar código que ya está hecho, recortar lo que no aporta aunque te haya costado trabajo. Con la ropa es igual. La diferencia es que aquí, en vez de quedarse en una papelera, acaba en manos de alguien que sí lo necesita.